No hay tiempo que perder

Gustavo Petro

Gustavo Petro, candidato único del PDA 2010

Por una vez en la vida no estoy de acuerdo con el admirable senador Robledo.

Por una vez en la vida no estoy de acuerdo con mi querido amigo y maestro Carlos Gaviria.

No me interpreten mal: comparto lo que dicen. Mockus es neoliberal. Pero no comparto que lo digan justamente ahora, a coro con Petro y sin más que eso: es neoliberal.

¿Saben los electores sencillos, de la calle, qué es ser “neoliberal”? ¿No deberíamos comenzar por explicar, con lenguaje simple y pedagógico, qué es eso y por qué es malo ser “eso”?

De los recientes discursos de Gustavo Petro he admirado y aplaudido su talante pedagógico, su capacidad para ir enlazando, a lo largo de la disertación, hechos y explicaciones, relaciones de una cosa con la otra, de manera que al final de los períodos oratorios cae la conclusión por sí sola y el auditorio estalla en una ovación que expresa esto: “¡Hemos entendido! ¡Así se habla!”

Ciertamente, hay apartes de los últimos discursos de Petro que evocan la poderosa capacidad magistral de Jorge Eliécer Gaitán, el más grande orador que ha producido el pueblo de Colombia. Solamente los días que vienen dirán si Petro logra convocar a las multitudes como lo hizo el gran líder popular del siglo pasado; pero causa cierta inquietud comprobar que el tiempo apremia. Las elecciones presidenciales están prácticamente a las puertas.

Inmediatamente después de las últimas elecciones parlamentarias (fraudulentas, tramposas, amenazantes, sin resultados claros, sin que nadie asuma la responsabilidad del escándalo y sin que nadie lo reclame con suficiente energía), se ha producido una crecida de “tsunami” en torno al nombre de un candidato que es experto en las artes de la comunicación y que ha sabido aprovechar el momento y la expectativa para generar este fenómeno de opinión que se ha dado en llamar “el efecto Mockus”.

Todos hablan de Mockus. A favor de Mockus, contra Mockus, en comparación con Mockus, en rivalidad con Mockus, en descalificación de Mockus y, en suma, Mockus está en labios de todos con todas las preposiciones de la gramática castellana: el país político, llevado de las riendas por una potente maquinaria mediática, se mueve a, ante, bajo, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta, para, por, según, sin, sobre y tras Mockus. Vivan las preposiciones.

Y este hombre, sin duda muy honesto y muy inteligente, sabe lo que 45 millones de sus compatriotas ignoran: que mientras más hablen de uno, más en el centro de la atención está uno. Y que si toda esta habladuría ocurre como resultado de un éxito electoral, aunque sea pequeño, el efecto final será una marea de “tsunami”.

Algunos compañeros del PDA parecen (¿parecemos?) haber caído en esa trampa. Se nos ve muy afanados tratando de atajar a Mockus. No hablamos, o hablamos muy poco, del programa de gobierno de Gustavo Petro. Hablamos, por ahora, de Mockus. No hablamos suficientemente de los cuatro millones de desplazados, víctimas de uno de los más feroces crímenes de lesa humanidad que se han cometido en las últimas décadas. No hablamos suficientemente del drama de la salud. No movilizamos a las madres, hermanas y viudas de los miles y miles de compatriotas asesinados, masacrados, mutilados y desaparecidos en el medio siglo precedente, para no ir más lejos. Podríamos llenar cien Plazas de Bolívar con todas las madres atormentadas por el exterminio paramilitar, por los secuestros de una guerrilla implacable y cruel y por el proceso de ascenso de una nueva clase, conquistadora, sanguinaria y depredadora, genocida y brutal, que se ha apoderado de buena parte del país a sangre y fuego y que ha logrado ya el control, cínico y mafioso, de un tercio del congreso nacional.

Una muchedumbre incontable de falsos notarios, parásitos del sufrimiento del pueblo, favorecidos con patente de corso por los servicios prestados a esta nueva clase conquistadora, chupan la sangre de los modestos ciudadanos cada día cobrando por cada sello, cada firma, cada autenticación (y cobrando sobreprecios por debajo de cuerda) y la sufrida ciudadanía se pasa las horas haciendo colas para pagar “pruebas” de que está viva, de que está coja, de que está enferma, de que tiene una pensión, de que existe y acepta sumisa las reglas del expolio y la humillación.

Los asesinatos de periodistas, sindicalistas, indígenas, campesinos y estudiantes, continúan, metódica, fría, impunemente.

Se asesina a ciudadanos indefensos y se les hace aparecer como guerrilleros caídos en combate, para cobrar sobresueldos y premios militares.

Se realizan inmensos negocios, mediante tráfico de influencias, recomendaciones y compadrazgo, con las tierras robadas a cuatro millones de campesinos.

Se entregan pedazos de territorio nacional a las tropas del imperio más implacable de la historia, pasando por encima de la ley fundamental de la República.

Se hacen elecciones “democráticas” y se mantienen los resultados en secreto durante meses, sin dar explicaciones a una ciudadanía cada vez más descorazonada e incrédula, mientras saltan, desde las mismas filas del establecimiento, los escándalos de miles de cédulas falsas, votantes ficticios, mesas electorales arbitrariamente clausuradas y otras linduras semejantes.

Nuestros parlamentarios realizan, sin duda, prodigios de valor civil. ¿Cómo no admirar los debates de Petro, las sostenidas y permanentes denuncias de Robledo? Pero hay una brecha que no hemos logrado llenar: la de las movilizaciones populares, que con mucha frecuencia se realizan con la abnegada participación de nuestros militantes sin una dirección concertada y coordinada.

En resumen: en la atormentada Colombia hay muchas cosas más importantes que hacer, que gastar el tiempo en buscar nuevas preposiciones gramaticales para Antanas Mockus.

No malgastemos el tiempo. Al neoliberalismo se le combate con hechos, no con adjetivos. Hay que movilizar al pueblo, hay que electrizar a la nación, hay que conmover los ánimos, hay que irradiar confianza y entusiasmo en la causa popular.

Hablemos de nosotros, no de otros. Hablemos de nuestras buenas ideas, no de las malas ideas de otros. Expliquemos nuestra política, no la política de otros. Establezcamos la diferencia mostrando en qué somos diferentes, no en qué son otros diferentes de nosotros.

Es inevitable (entiéndase bien, es inevitable) que haya diversas opiniones, perspectivas y puntos de vista entre nosotros. Es más: es saludable y necesario. Abandonemos de una vez por todas esa maldita tendencia nuestra a confrontar y antagonizar invariablemente las ideas que no cuadran exactamente con las nuestras. Tenemos millones de inmensos problemas y solamente liberando la iniciativa de la gente, la imaginación de la gente, oyendo la multiplicidad de sus propuestas, podremos ir construyendo soluciones.

Que esta campaña sea, no solamente una marcha en “paso de vencedores” sino, principalmente, un nuevo proceso de aprendizaje y ejercicio político de millones de colombianos. Organicemos cursos, seminarios, trabajos de grupo, movilizaciones. Expliquemos y discutamos con el pueblo, punto por punto, el programa de gobierno de Gustavo Petro que, si tiene carencias o defectos, será corregido mediante la participación popular.

Utilicemos mejor nuestros recursos. No perdamos tiempo en discusiones minúsculas de sectas. Que nuestros espacios y medios de comunicación superen la etapa de la simple repetición de noticias; que sirvan para construir el tejido de nuevas ideas y propuestas que el país necesita.

Que esta campaña sirva para abrir un nuevo capítulo en la historia del movimiento popular colombiano.

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